QUÉ LE PASA A LA PRESIDENTA
Por Joaquín Morales Solá,
LA NACION

Tres cadenas nacionales de
radio y televisión en apenas cuatro días requieren de un gran concepto de
sí misma. Más que la repetición, sorprende lo que dice. La Presidenta no les habla
a los argentinos, sino que apela a sobrentendidos para agraviar o chacotear con
el mundillo político. El exceso discursivo la empuja también permanentemente al
error o a la confusión, justo a ella que era una obsesiva perfeccionista con
sus apariciones públicas.
Pertenece a un universo
político con poco sentido republicano, es cierto, pero antes solía subrayar su
apego a la ley. Ahora usó sus discursos para cometer dos delitos: primero
anunció que desobedecería a la
Justicia si ésta le ordenara movilizar la Gendarmería , y luego
violó el secreto fiscal cuando expuso la situación ante la AFIP de un empresario
inmobiliario que contó que el control de cambios fulminó su actividad.
Daniel Scioli carece de
márgenes políticos cuando el despotismo y la discrecionalidad han llegado tan
lejos. ¿Cómo enfrentar con palabras amables a la furia de una persistente
balacera? Scioli depende en estas horas de dos cosas. De él mismo, en primer
lugar, si perdurara en su decisión de no renunciar. Pero también de la oposición
antikirchnerista, porque estaría terminado si ésta se uniera al kirchnerismo
para tumbarlo en el Parlamento de La Plata. Scioli tiene sólo cinco legisladores, si
es que al final de cuentas fueran cinco y no menos.
Algunos amigos le han
aconsejado al gobernador que se rebele ante tanta injusticia, aunque la
decisión le termine costando la renuncia. Sin recursos, con permanentes
huelgas, con una inseguridad desenfrenada y con la Justicia desautorizando
sus decisiones políticas, Scioli debería, sin embargo, nacer de nuevo para
hacer lo que le piden. Tiene hasta el vicegobernador Gabriel
Mariotto en huelga. Aquella reunión con Cristina Kirchner que contó el
intendente Darío Díaz Pérez fue una acción destituyente, no sólo un discurso.
El intendente fue convocado secretamente a Olivos, donde se encontró con un
grupo selecto de intendentes que escucharon a una Presidenta enardecida con
Scioli. Nunca imaginé a Cristina hablando de esa manera de un gobernador,
confesó otro intendente que también estuvo entre los selectos.
Si da una conferencia de
prensa, yo le contesto por cadena nacional, había anticipado Cristina antes de
que Scioli hablara ante los periodistas el sábado pasado. Dicho y hecho. Ni
siquiera reparó en las flores que le tiró Scioli en su conferencia de prensa.
No debía reunirse con los periodistas. Punto. Una nueva avalancha
desestabilizadora contra Scioli sucedió después.
Scioli resiste, inmóvil como
un Buda, y su pacifismo incluye hasta la aceptación pública de las críticas que
le hace la
Presidenta. Corre el riesgo de quedar muy solo. El gobernador
llamó en estos días a un dirigente opositor para pedirle que no lo criticaran.
Si vos te enamoraste de los secuestradores, yo no tengo por qué denunciar el
secuestro, le respondió el opositor.
Si Scioli no ha nacido para
rebelarse, otro destino posible es inmolarse en un eventual incendio
provincial. Ese es el riesgo que la Presidenta actual no ve. La provincia de Buenos
Aires no es la Capital ,
ni Córdoba, ni Santa Fe, para hablar sólo de los grandes distritos. Buenos
Aires es un territorio bajo responsabilidad del gobierno nacional desde que
mandan los Kirchner. Lo es cuando aporta millones de votos, pero lo es también
cuando estallan sus conflictos. La Presidenta le sacó 1800 millones de pesos, que no
se los dio a Scioli, al consumo de una economía gravemente entumecida. No es
Scioli el que no cobró el medio aguinaldo, sino centenares de miles de
bonaerenses. El péndulo de Scioli oscila entre la improbable rebelión y una
eventual hoguera. Su horizonte no es bueno, pero el fuego podría cercar también
a Cristina.
Hugo Moyano es más resuelto
que Scioli. La notificó a Cristina de que no contará en adelante con su apoyo
político y electoral. La
Presidenta lo arrinconó a Moyano, otro viejo aliado, hasta la
sublevación. Con la economía en caída libre y con la inflación en franco
ascenso, ella prefirió darse el gusto de fraccionar el mapa sindical. La
aguardan meses de intensos conflictos laborales. No sólo tendrá cinco centrales
obreras, sino también un problema que preexistía: muchos jerarcas sindicales no
controlan decisivas comisiones internas. En lugar de unificar la interlocución,
que es lo que la propia Cristina hizo hasta hace poco, eligió castigar a
Moyano. Lo fragmentó, es verdad, pero quedó expuesta a la sublevación sindical
en plazos muy breves. ¿Para qué ha hecho eso cuando decidió, al mismo tiempo,
la persecución implacable de la clase media, sin reparar que gran parte de ella
la votó? Le prohibió el acceso a los dólares para ahorrar, cuando la inflación
estraga los pesos, y para la compraventa de inmuebles; también le retacea
dólares para viajar. Ahora la hostiga también con el consumo de servicios
públicos en un país que necesita mejorar esos servicios y no perseguir al
usuario. En un aspecto tiene razón Cristina, si su propósito es la revancha: la
clase media argentina es naturalmente reacia al despotismo político. Es reacia,
por lo tanto, al cristinismo actual.
Moyano tuvo en su congreso la
mayoría de los delegados, el 54 por ciento. Esto es así si se deja de lado a la CGT de Luis Barrionuevo, que
no puede participar de ningún congreso de la central obrera. Hace muchísimos
meses que sus gremios no pagan el aporte mensual a la CGT , porque se consideran otra
CGT. Sea como sea, Moyano no es un muerto político ni mucho menos. La Presidenta había
ordenado su muerte. Sobrevivió.
Ni la condición volcánica de
la provincia de Buenos Aires ni la posibilidad de un desmadre social
detienen a la
Presidenta. Tampoco las mínimas reglas de la convivencia
internacional. La alusión al ministro de Economía español, Luis de Guindos, fue
ciertamente ofensiva y agraviante. Aprovechó una foto con un cierto parecido de
Guindos a Domingo Cavallo (parecido que en realidad no tiene) para tratarlo
como "el pelado ese". No lo nombró a Cavallo ni a Guindos.
Sobrentendidos. Encapsulada en el pasado, se mofó sólo para divertir a la barra
kirchnerista. ¿El problema era con Repsol o es, como parece, con España y los
españoles?
Cristina Kirchner no era así.
Delante de este periodista describió en su momento, no sin deleite, sus
conversaciones con el rey Juan Carlos, con Nicolás Sarkozy o con Angela Merkel.
No es una presidenta que se haya ufanado antes de faltar el respeto en el
exterior o que desconozca las normas más elementales de las relaciones entre
los gobiernos. Esa vieja curiosidad por el mundo se ha desvanecido. Es una
Cristina nueva, más radicalizada y menos realista, más arbitraria y menos
predecible.
Cristina no pierde la
oportunidad de pegarle a un ciego , sea Scioli o el continente europeo con
sus muchos conflictos actuales. Europa está mal, pero la Argentina no está mejor.
Cualquiera que haya caminado por calles europeas en los últimos tiempos pudo
constatar que en la
Argentina se ven más pobreza, miseria e inseguridad que allá.
Cristina se pelea donde antes halagaba porque cree decididamente en lo que
dice: ella vive en un paraíso que está en medio de un mundo que se cae.
El problema de la Presidenta es que no
puede romper, ante sí misma, el hechizo de su relato. La aceptación de un solo
error significaría la caída de todo el relato. Persistir en esa fantasía
necesita de cantidades cada vez más grandes de cadenas nacionales y de mayores
dosis de insoportable autoritarismo.
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