MABEL Y UN MARAVILLOSO RECUERDO

Para una belleza, las mejores palabras…

Mabel
"No digo que era mi madre, ni mi hermana, ni mi pariente. No. Pero sí digo era mi amiga. De esas que regala la vida, como todos los amigos y amigas, de manera inesperada y maravillosa. Llegó a mí a través de mi querido Mariano. Era su mamá. Abrió las puertas de su casa en calle Tucumán, donde nos reuníamos con los chicos para algún cumpleaños, para algún almuerzo, para alguna visita. Enseguida me sentí como en mi propia casa.

El piano, la mesa, la luz que entra en la casa de manera lúcida y trasparente, pero sin doler. Los malvones. La cocina blanca, como su pelo. Enseguida me sentí acogido, hablando de cosas del campo, de los hijos, de la esperanza. No hablaba a los gritos, sino mansamente.

Un día, a mi regreso de Italia, le traje de regalo unos hongos disecados. Tiempo después, lo compartimos en un almuerzo riquísimo. Después, en el verano, con Luis María, me acompañaron a las colonias de vacaciones de Tornquist, para los chicos de la villa.

Ahí, ellos, tan dignos, tan para otra cosa, se abajaron serenamente, como los sauces a la orilla de los ríos patagónicos, y nos cocinaron, nos acompañaron, nos mimaron. Sin decir mucho, casi nada. Recuerdo una foto en el patio de Tornquist, atardecía, y la foto los muestra así, atardeciendo de fuego sobre la vida bella.

Hay muchos recuerdos, como las brasas del fogón, como la mano tendida. Mabel llevaba la vida como sus ojos claros y hermosos: sufriendo por dentro, sonriendo por fuera. Sus días felices eran su memoria. Los días por venir, su decir.

Ocupada en los demás, sensible, crítica, auténtica, amorosa. No queríamos que se fuera así, pero uno nunca elige cómo llegar ni cómo irse, a lo sumo le pelea el cómo transitar ese espacio fugaz entre las dos bienvenidas, y deja, para los que siguen, el modo que supo, la paciencia, la pasión, aún los errores asumidos. Todo queda, porque, al final, nada pasa: ceniza del viento los cuerpos se trasforman en gloriosos y nosotros, todavía terrenos, no los vemos; pero están.

La orfandad no es ausencia, lo digo por experiencia, es dolor de imaginar que todo podría ser de otro modo. Pero es de éste, del que estamos, del que no es ideal sino real y lindo también por más que duela.

Ahora me quedo pensando todo lo que me dijo, y, mejor, lo que no llegó a decirme con palabras, pero era lo más profundo, lo más eterno, lo más ella. Esperame Mabel; dicen que en el cielo los hongos son todos trufas y los ojos todos como los tuyos".

(Dicho por Antonio De Bernardín, hace un año, el 15 de junio de 2015, despidiendo a Mabel, desde Junín de los Andes. Imposible no tener presentes sus palabras. Como entonces, ¡gracias, Tony!)


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