A MABEL, EN EL DÍA DE NAVIDAD…
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Mabel y una de sus más hermosas imágenes, para recordarla por siempre. |
Un
rato antes, yo había estado en la parroquia Santa Teresita del Niño Jesús. Era
una costumbre compartida, siempre, desde que nuestros hijos eran chicos.
En
la misa, con la iglesia a pleno, se recordó a los que ya no están. Momento que
conmueve, cada vez más.
Después,
estuvimos de cena y de brindis, aunque el pensamiento volara hasta el cielo.
En
la mañana de este día de Navidad, intentaba escribir; algo que no pude hacer en
la víspera.
¡¿Qué
decir?!, que ya no haya expresado en el medio año que transcurrió desde el
pasado 12 de junio.
Recordé
entonces la más clara estampa que Antonio De Bernardín nos ofreció desde Junín
de los Andes.
Él
la escribió; creo haberla compartido a poco de leerla.
Al
repasar sus párrafos, alcancé a ver dibujada la más hermosa postal que podía
reflejar a Mabel.
En
este 25 de diciembre, el día de la Navidad que por vez primera ella vivió en el
cielo, este recuerdo de lo que Tony dijo:
Por Antonio De Bernardín
“No
digo que era mi madre, ni mi hermana, ni mi pariente. No. Pero sí digo era mi
amiga. De esas que regala la vida, como todos los amigos y amigas, de manera
inesperada y maravillosa. Llegó a mí a través de mi querido Mariano. Era su
mamá. Abrió las puertas de su casa en calle Tucumán, donde nos reuníamos con
los chicos para algún cumpleaños, para algún almuerzo, para alguna visita.
Enseguida me sentí como en mi propia casa. El piano, la mesa, la luz que entra
en la casa de manera lúcida y trasparente, pero sin doler. Los malvones. La
cocina blanca, como su pelo. Enseguida me sentí acogido, hablando de cosas del
campo, de los hijos, de la esperanza. No hablaba a los gritos, sino mansamente.
Un día, a mi regreso de Italia, le traje de regalo unos hongos disecados.
Tiempo después, lo compartimos en un almuerzo riquísimo. Después, en el verano,
con Luis María, me acompañaron a las colonias de vacaciones de Tornquist, para
los chicos de la villa. Ahí, ellos, tan dignos, tan para otra cosa, se abajaron
serenamente, como los sauces a la orilla de los ríos patagónicos, y nos
cocinaron, nos acompañaron, nos mimaron. Sin decir mucho, casi nada.
Recuerdo una foto en el patio de Tornquist; atardecía, y la foto los muestra así, atardeciendo de fuego sobre la vida bella. Hay muchos recuerdos, como las brasas del fogón, como la mano tendida.
Mabel llevaba la vida como sus ojos claros y hermosos: sufriendo por dentro, sonriendo por fuera. Sus días felices eran su memoria. Los días por venir, su decir. Ocupada en los demás, sensible, crítica, auténtica, amorosa. No queríamos que se fuera así, pero uno nunca elige cómo llegar ni cómo irse; a lo sumo le pelea el cómo transitar ese espacio fugaz entre las dos bienvenidas, y deja, para los que siguen, el modo que supo, la paciencia, la pasión, aún los errores asumidos. Todo queda, porque, al final, nada pasa: ceniza del viento los cuerpos se trasforman en gloriosos y nosotros, todavía terrenos, no los vemos; pero están. La orfandad no es ausencia, lo digo por experiencia, es dolor de imaginar que todo podría ser de otro modo. Pero es de éste, del que estamos, del que no es ideal sino real y lindo también por más que duela.
Mabel, rodeada por todos los chicos, en la colonia de Tornquist. |
Recuerdo una foto en el patio de Tornquist; atardecía, y la foto los muestra así, atardeciendo de fuego sobre la vida bella. Hay muchos recuerdos, como las brasas del fogón, como la mano tendida.
Mabel llevaba la vida como sus ojos claros y hermosos: sufriendo por dentro, sonriendo por fuera. Sus días felices eran su memoria. Los días por venir, su decir. Ocupada en los demás, sensible, crítica, auténtica, amorosa. No queríamos que se fuera así, pero uno nunca elige cómo llegar ni cómo irse; a lo sumo le pelea el cómo transitar ese espacio fugaz entre las dos bienvenidas, y deja, para los que siguen, el modo que supo, la paciencia, la pasión, aún los errores asumidos. Todo queda, porque, al final, nada pasa: ceniza del viento los cuerpos se trasforman en gloriosos y nosotros, todavía terrenos, no los vemos; pero están. La orfandad no es ausencia, lo digo por experiencia, es dolor de imaginar que todo podría ser de otro modo. Pero es de éste, del que estamos, del que no es ideal sino real y lindo también por más que duela.
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Antonio De Bernardín, que escribió el mejor recuerdo. |
¡Gracias,
Tony, por tu homenaje!.
Luis
María
Hermoso homenaje
ResponderEliminarMuy lindos recuerdos
Gracias...!!!
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