UNA ESTAMPA SOBRE MABEL
Por
Antonio De Bernardín.
No
digo que era mi madre, ni mi hermana, ni mi pariente. No. Pero sí digo era mi
amiga. De esas que regala la vida, como todos los amigos y amigas, de manera
inesperada y maravillosa.
Llegó
a mí a través de mi querido Mariano. Era su mamá. Abrió las puertas de su casa
en calle Tucumán, donde nos reuníamos con los chicos para algún cumpleaños,
para algún almuerzo, para alguna visita.
Enseguida
me sentí como en mi propia casa. El piano, la mesa, la luz que entra en la casa
de manera lúcida y trasparente, pero sin doler. Los malvones. La cocina
blanca, como su pelo.
Enseguida
me sentí acogido, hablando de cosas del campo, de los hijos, de la esperanza.
No
hablaba a los gritos, sino mansamente. Un día, a mi regreso de Italia, le traje
de regalo unos hongos disecados. Tiempo después, los compartimos en un almuerzo
riquísimo.
Después,
en el verano, con Luis María, me acompañaron a las colonias de vacaciones de
Tornquist, para los chicos de la villa. Ahí, ellos, tan dignos, tan para otra
cosa, se abajaron serenamente, como los sauces a la orilla de los ríos
patagónicos, y nos cocinaron, nos acompañaron, nos mimaron. Sin decir mucho,
casi nada.
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Mabel en Tornquist, junto a los chicos. |
Mabel
llevaba la vida como sus ojos claros y hermosos: sufriendo por dentro,
sonriendo por fuera. Sus días felices eran su memoria. Los días por venir, su
decir. Ocupada en los demás, sensible, crítica, auténtica, amorosa.
No
queríamos que se fuera así, pero uno nunca elige cómo llegar ni cómo irse, a lo
sumo le pelea el cómo transitar ese espacio fugaz entre las dos bienvenidas, y
deja, para los que siguen, el modo que supo, la paciencia, la pasión, aún los
errores asumidos. Todo queda, porque, al final, nada pasa: ceniza del viento
los cuerpos se trasforman en gloriosos y nosotros, todavía terrenos, no los
vemos; pero están.
La
orfandad no es ausencia, lo digo por experiencia, es dolor de imaginar que todo
podría ser de otro modo. Pero es de éste, del que estamos, del que no es ideal
sino real y lindo también por más que duela.
Ahora
me quedo pensando todo lo que me dijo, y, mejor, lo que no llegó a decirme con
palabras, pero era lo más profundo, lo más eterno, lo más ella. Espérame Mabel:
dicen que en el cielo los hongos son todos trufas y los ojos todos como los
tuyos.
Nota
del editor
Cincuenta
años no pasaron en vano. Fueron un poco más de los dos tercios de mi vida. Más
allá de las décadas transcurridas, encierran las mejores vivencias que pueden
haberse protagonizado. Y en este caso, único y muy particular, lo fueron a la
luz plena que irradiaba ella, Mabel, mi esposa desde el 5 de febrero de 1965 y
la mamá de los 5 hijos -Eduardo, Lucrecia, Claudia, Adrián y Mariano- que
fueron llegando fruto de nuestro amor.
Casi
imposible extraer un momento o un hecho en especial. Porque lo fueron todos,
desde aquel incipiente invierno del ’65 cuando supimos de su primer embarazo,
como para que a poco del primer año de matrimonio ella fuera mamá, por primera
vez.
Pasarían
los años y con ellos la principal manifestación de su esencia: ser el alma
fuerte de la familia que formamos, con todas las vicisitudes que es posible
imaginar.
“Soportó”,
y eso también la distinguió, casi como renunciamiento de sus sueños, mi
obstinación por el periodismo; algún desarraigo; y no pocos desaciertos que
marcaron nuestra vida.
Sin
embargo, prevalecieron sus virtudes; su fuerza tan superlativa como su profunda
fe cristiana, que le ayudó a sobrellevar no pocas desventuras.
Luchadora
como la que más, fue columna vertebral de nuestra familia.
Con
ese mismo espíritu, afrontó –ya en los últimos tiempos- su enfermedad. Tanto
que se permitió, y lo merecía plenamente, cumplir su sueño de visitar la tierra
(la bella Italia) que vio nacer a sus mayores. Y estar en El Vaticano, frente
mismo a Francisco; y hablar incluso, alentada por su profunda fe y su innata
sabiduría, ante el micrófono de un medio argentino, explicando su vivencia de
ese momento. Emoción inenarrable que pude compartir (junto a Mariano y su
esposa Ana).
En
el fuero íntimo, nada hacía presagiar que vendrían momentos muy duros, después,
frente a los cuales demostró su entereza de siempre.
Hace
muy pocas horas, en el frío mediodía de este sábado (13), atravesamos la
inevitable sensación de despedirla, aunque alentando la esperanza de sentir que
Dios, en su infinita bondad, quiso mitigar su sufrimiento y llevarla a gozar,
como se merecía, la Gracia Eterna que tenía prometida por su virtudes.
Este
domingo (14), al anochecer, caí en la cuenta de cuántas cosas, sublimes, quizás
no había advertido en ella en su plenitud. El tierno mensaje de “Tony”, que
termino de trascribir, lo hizo posible. Ni siquiera apelando al máximo esfuerzo
podría haber descripto yo la estampa dibujada, con todo su afecto, por “Tony”,
desde su Junín de los Andes. ¡Gracias infinitas!.
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