UNA ESTAMPA SOBRE MABEL
Por Antonio De Bernardín. Mabel: por siempre, mamá. No digo que era mi madre, ni mi hermana, ni mi pariente. No. Pero sí digo era mi amiga. De esas que regala la vida, como todos los amigos y amigas, de manera inesperada y maravillosa. Llegó a mí a través de mi querido Mariano. Era su mamá. Abrió las puertas de su casa en calle Tucumán, donde nos reuníamos con los chicos para algún cumpleaños, para algún almuerzo, para alguna visita. Enseguida me sentí como en mi propia casa. El piano, la mesa, la luz que entra en la casa de manera lúcida y trasparente, pero sin doler. Los malvones. La cocina blanca, como su pelo. Enseguida me sentí acogido, hablando de cosas del campo, de los hijos, de la esperanza. No hablaba a los gritos, sino mansamente. Un día, a mi regreso de Italia, le traje de regalo unos hongos disecados. Tiempo después, los compartimos en un almuerzo riquísimo. Después, en el verano, con Luis María, me acompañaron a las colonias de vacaciones de Tornqui...